martes, 19 de marzo de 2013

Para los que creen que el infierno no existe (los recuerdos de Eva)

      .... Aquel monstruo seguía creciendo y cada vez costaba mas alimentarlo.
       Después había perdido el trabajo de fin de semana que tenía en un restaurante de comida rápida, demasiadas sisas a la caja y demasiados bolsos de compañeras robados, acabaron por acusarla a ella, a la que curiosamente, nadie robaba nunca.

       Sus, cada vez mas frecuentes,  idas y venidas al barrio antiguo de los artistas, donde habitaba la crem de la crem de los camellos y traficantes de la ciudad, eran su única ocupación.
        Vivía en un infecto y húmedo cuartucho sin ventilación de una inmunda pensión del mismo barrio, desde aquel día en que su madre se había negado a darle dinero y ella ciega de furia, había levantado la mano para golpearla y así habría sido si en aquel momento no hubiese llegado su hermano impidiéndoselo. Luego, un día se enteró por alguien de que su madre había muerto dos meses después de aquel fatídico día y ella supo entonces, que había sido la culpable de su muerte, pero ni los tres días que permaneció sin salir de la pensión, ni todas las lágrimas que derramó en aquellos tres días, le devolverían la vida a su madre, ya nada podía hacer y ella tendría que vivir de ahora en adelante con el peso de aquella losa sobre su conciencia.

       La primera vez que vendió su cuerpo para conseguir dinero, sintió una repugnancia y unas nauseas infinitas pero poco a poco lo fue aceptando y haciéndolo cada vez con mas frecuencia, hasta convertirse para ella en una simple fuente de ingresos con la que poder aplacar aquel terrible monstruo que le corroía las entrañas y que la tenía totalmente a su merced. No quería pensar en cuantas vejaciones, humillaciones y vilezas había tenido que soportar, a veces por tan solo unas pocas monedas. Tan solo tenía veintidós años pero aparentaba casi treinta y cinco. Su pelo había pasado de ser una hermosa melena brillante y cobriza a una especie de maraña sucia y sin color. Todo su pensamiento lo ocupaban la necesidad y el apremio de conseguir dinero para su dosis diaria y no tenía ni tiempo ni ganas de ocuparse en nada mas.
 Eva no sabía cuanto tiempo llevada sumida en sus recuerdos cuando de pronto se abrió la puerta y entró el doctor; era un hombre de unos cuarenta y cinco años,alto y de tez algo pálida y ojos desvaídos que la saludó afablemente con un _¿Cómo te encuentras?_ (continuará)

   

3 comentarios:

  1. ¡Cómo denigra al ser humano una dependencia tan brutal!
    Besitos.

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  2. Me ha gustado muchísimo tu relato. Las relaciones familiares a veces son demasiado complicadas. Y lo peor que te puede pasar es vivir con un remordimiento como este. Un beso y un abrazo Julia

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  3. La droga hace a las personas perder su dignidad y desgraciadas las personas que podemos caer en ella, es un saco sin fondo.
    Un besito Julia.

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Gracias

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